José Antonio López Ortega Müller

En esta ocasión me referiré al Dios desconocido. Quizá algunos jóvenes y adultos crean que Dios no existe. Al menos ya creen en algo, que Dios no existe. De ser así, todos los seres humanos creemos en algo o en alguien.

Si no existiese la fe humana, sería imposible relacionarnos. Si vamos con el médico, es porque creemos en él; si llevamos nuestro automóvil al mecánico, es porque confiamos en que lo va a arreglar; y así podríamos continuar con una lista interminable.

Traeré a colación dos experiencias significativas, que de entrada, pudieran parecer contradictorias, una referida por san Pablo y otra que encontramos en los escritos de Nezahualcóyotl.

No sé por cuál de las dos empezar. En fin, empezaré por la de san Pablo. Aparece en los Hechos de los Apóstoles (Act 16-28).

“Mientras Pablo los esperaba en Atenas, se consumía en su interior al ver la ciudad llena de ídolos. Dialogaba en la sinagoga con los judíos y los prosélitos, y todos los días en el Ágora con los que allí acudían. También algunos filósofos epicúreos y estoicos conversaban con él. Unos decían: ¿Qué querrá decir este charlatán? Y otros: Parece un predicador de divinidades extrañas, porque les anunciaba a Jesús y la Resurrección. Lo tomaron y lo llevaron al Areópago y le dijeron: ¿Podemos saber cuál es esa doctrina nueva de la que hablas? Haces llegar a nuestros oídos
cosas extrañas y queremos saber lo que significan. Los atenienses y forasteros que residían allí no se ocupaban de otra cosa que en decir o escuchar algo nuevo.

Entonces Pablo, en medio del Areópago, dijo: Atenienses, en todo veo que sois más religiosos que nadie, pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados he encontrado también un altar en el que estaba escrito: Al Dios desconocido. Pues bien, yo vengo a anunciaros lo que veneráis sin conocer. El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos fabricados por los hombres, ni es servido por manos humanas como si necesitara de algo el que da a todos la vida, el aliento y todas las cosas. Él hizo, de un solo hombre, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra. Y fijó las edades de su historia y los límites de los lugares en que
los hombres habían de vivir, para que buscasen a Dios, a ver si al menos a tientas lo encontraban, aunque no está lejos de cada uno de nosotros, ya que en él vivimos, nos movemos y existimos, como han dicho algunos de vuestros poetas: Porque somos también de su linaje.”

*  *  *

En el libro Nezahualcóyotl, vida y obra (J.L. Martínez, Fondo de Cultura Económica), encontramos dos escritos muy significativos. En el primero, Nezahualcóyotl, hace un reconocimiento del Dios no conocido y en el segundo, hace una acción de gracias, también al Dios no conocido.

En el primero, dice: “Verdaderamente que los dioses que yo adoro, que son ídolos de piedra que no hablan ni sienten, no pudieron hacer ni formar la hermosura del cielo, el sol, luna y estrellas que lo hermosean y dar luz a la tierra; (ni los) ríos, aguas, fuentes, árboles y plantas que la hermosean; las gentes que la poseen y todo lo creado. Algún dios muy poderoso, oculto y no conocido es el creador de todo el universo, él sólo es el que puede consolarme en mi aflicción y socorrerme en tan grande angustia como mi corazón siente; a él quiero por mi ayudador y amparo”.

En el segundo escrito, dice: “Muchas gracias te doy, Dios Todopoderoso y hacedor de todas las cosas, como causa que eres de todas las causas, que bien y verdaderamente creo que estás en los cielos claros y hermosos que alumbran la tierra, y desde allí gobiernas, socorres y haces mercedes a los que te llaman y piden tu favor, como conmigo lo has hecho, y te prometo de reconocerte por mi señor y creador; y de agradecimiento del bien recibido, de hacerte un templo donde seas reverenciado y se te haga ofrenda de toda la vida, hasta que tú, señor, te dignes de mostrarte a este tu esclavo y a los demás de mi reino; y de hoy en adelante ordenaré que no se sacrifique en todo él gente humana, porque tengo para mí, que te ofendes de ello”.

Ahora, joven amigo o amiga, ¿tú que piensas? ¿crees o no crees?

 José Antonio López Ortega Müller

 Podría llamar la atención el título de este artículo, porque el diablo no es que esté de moda. Su éxito está en que ya no se le concede una importancia capital en esta época.

El título está tomado de un libro que escribió Alejandro Llano, inspirado, a su vez, en otro libro escrito por Claudio Magris (El Danubio) en el que este autor dice: “El diablo es conservador porque no cree en el futuro ni en la esperanza, porque no consigue ni siquiera imaginar que el viejo Adán pueda transformarse, que la humanidad pueda regenerarse. Este obtuso y cínico conservadurismo es la causa de tantos males, porque induce a
aceptarlos como si fueran inevitables y, en consecuencia, a permitirlos”:

Así lo vemos reflejado en la civilización actual, en la que casi todos los males considerados como inaceptables, se les catalogue como irreversibles.
Eso se reflejó en una estadística que muestra que el 75% de las familias mexicanas son permisivas.

Una familia armónica es aquella en la que el manejo de las tensiones entre sus miembros es compatible con el mantenimiento y cultivo de los valores
o de las virtudes, concretadas en normas de conducta. Para ello se requiere del correcto ejercicio de la autoridad paterno-materna, de legados culturales y espirituales heredados, muchas horas de conversación familiar, y todo lo que contribuya a esa vinculación comunitaria y a esa compenetración de las personas que habitan un hogar.

Los padres que así lo han intentado –conscientes de que su familia es para ellos lo más importante-, saben muy bien lo difícil que es alcanzar este
armonioso nivel de vida y educación familiar. Por ello, están siempre insatisfechos del nivel alcanzado.

Y como el hacer sigue al ser, también se esfuerzan –además de buscar ayudas necesarias- por ser mejores cada día. En la vida familiar y en la vida personal, se puede pensar que ya está hecho casi todo –al menos lo principal-, olvidando que casi todo está por hacerse. Cada mañana no sólo estrenamos día; estrenamos amor, disponibilidad, buen humor, la juventud de aprender y de dar más de sí, etc.

En la familia permisiva se manejan las tensiones a costa de reducir la casa a un hotel, permitiendo cualquier modo de conducta –moral, inmoral o
amoral-. Huyendo de la educación (comprensión-exigencia). En las familias perdidas, la huida de la realidad es todavía más grave. No hay que hacerle el juego al diablo.

 José Antonio López Ortega Müller

No es posible la educación de la voluntad de los hijos o de los alumnos, si los padres y los profesores no despiertan en ellos motivos fuertes, valiosos y permanentes.

Para poder hacer algo que cuesta, se necesita quererlo hacer, es decir, poner en juego la voluntad. Los motivos son lo que mueven a la voluntad, se les llama también palancas de la voluntad. Es muy difícil aprender alguna cosa si no se espera conseguir algún bien a través de aquello aprendido.

La cuestión clave en el desarrollo de la voluntad consiste en la interiorización de los valores —un motivo es un valor interiorizado—. Por ejemplo, cuando un niño o un joven descubren que el estudio es un valor, ya no hay necesidad de decirle que estudie, porque lo hará por propia iniciativa. Ha tomado al estudio como algo propio, considerándolo un motivo. En la educación de la voluntad es necesario iluminar el entendimiento del  educando, con el fin de que se incline al verdadero bien, y no a un bien aparente, entonces, la voluntad tenderá, efectivamente a un bien.

Esto exige informar a los hijos sobre la bondad y malicia de los actos; ayudarles a descubrir una jerarquía de valores, enseñándoles a distinguir entre verdaderos y falsos valores.

Los valores y motivos nobles, elevados, jerarquizados en torno a uno que les da unidad y sentido, constituyen el ideal. El ideal es la gran energía que mueve la voluntad. La educación de la voluntad requiere despertar en los educandos ideas claras sobre qué es lo que quieren de verdad en la vida, sin confundirlo con los simples deseos, gustos o caprichos.

Incluye, además, estimular sentimientos subordinados a esas ideas. Se trata de conseguir una inclinación positiva hacia lo noble, lo bello, lo bueno, lo verdadero, lo honesto, lo limpio, lo elevado. Para esto es necesario que los educadores —padres y profesores— sepan presentar de modo atractivo los fines valiosos que se logran con conductas morales buenas. Esto significa hacer atractiva la virtud, evitando que aparezca como algo propio  de personas extrañas, raras, tristes o antipáticas.

Las virtudes no se hacen atractivas rebajando la exigencia, yendo por la línea fácil, sino presentándolas tal como son, mostrándolas por medio del testimonio personal, viviéndolas con alegría, naturalidad y lucha diaria.

Este planteamiento va favoreciendo en el educando que su voluntad se enamore de los verdaderos valores y se decida a poner los medios para vivirlos, en medio de dificultades. En la medida en que se ayude a los hijos a descubrir el valor que hay detrás de cada actividad, les facilitará
encontrar el sentido a sus acciones.

Conviene, de todos modos, no exagerar la función del interés y de la motivación. En la vida hay situaciones que no agradan y que es preciso afrontar. Es bueno que los hijos se acostumbren a hacer cosas que no les gustan y a trabajar cansados y desmotivados. También es conveniente enseñarles a interesarse voluntariamente en aquello que en principio no les interesa, por ello, se requiere hablar de la necesidad y del valor del esfuerzo. Además éste debe presentarse como es, sin disfrazarlo con conductas menos exigentes. Hay que aclarar, por ejemplo, que no se puede aprender jugando, que no hay aprendizaje sin esfuerzo. Y añadir que el esfuerzo es empleo enérgico del vigor, brío o actividad del ánimo para conseguir algo
realmente dificultoso.

Eugenio D’Ors decía que en la educación y en el aprendizaje es preciso evitar la superstición de lo espontáneo, que implica repugnancia hacia los medios fatigosos de aprender. Para él no hay educación ni humanismo sin la exaltación del esfuerzo, de la tensión en cada hora y en cada minuto. Por eso proponía rehabilitar el valor del esfuerzo, de la disciplina de la voluntad, ligado no a aquello que place, sino a aquello, que en ocasiones, displace. Añadía el mismo autor, que cuantos están sometidos a la superstición de lo espontáneo, han querido llevar hasta su extremo lógico la metodología de lo razonable, de lo intuitivo, de lo fácil, de lo atrayente, del interés sin conocimiento previo, han tenido que confesar si son sinceros, su fracaso.

José Antonio López Ortega Müller

Un tema obligado en la actualidad es la tolerancia, aunque su significado se desconozca.

La tolerancia es comprensión, no asentimiento. De ningún modo significa la obligación de aceptar como verdad ni como bien lo que no lo es por
el simple hecho de que haya alguien que así lo piense. Nos impulsa, en cambio, a entender las razones por las que nuestro interlocutor afirma lo contrario.

 La tolerancia implica el sufrimiento de una cosa que se conceptúa como mala, pero se inconveniente sancionar. Luego, pretender tolerar lo bueno, tolerar la verdad, serían expresiones de algo perverso. La tolerancia en el orden de las ideas, supone el error, que es un mal del entendimiento. Nadie podrá decir que tolera la verdad, sin dejar de manifestar con ello, que acepta estar en el error.

De este modo quedan aclaradas algunas cosas. Por ejemplo, tolerar las opiniones ¿no sería acaso tolerar el mal, puesto que la opinión ajena es, a nuestro juicio, errónea? Otra cosa distinta, sería respetar las opiniones, lo que significa respetar a las personas que las exponen, respetar su buena fe, sus intenciones. Es posible respetar plenamente a las personas, sin que de manera obligada se deba estar de acuerdo con sus opiniones.

La tolerancia es una cualidad que debe ser aprendida por todo ciudadano. Se llama tolerante a un individuo cuando habitualmente está en tal disposición de ánimo que soporta, sin enojarse ni alterarse, opiniones contrarias a la suya.

Un primer error es creer que la fuente de la tolerancia es la indiferencia. Tolero sólo lo que me es indiferente. Pues, no. Una fuente de la tolerancia es el respeto. Y, por lo tanto significa respetar a todas las personas, incluso a nuestros contrincantes y hasta a nuestros enemigos. Por eso, la tolerancia es compatible con el deseo de ayudar a mejorar a los demás, porque el respetarlos significa querer su mejora.

Otra fuente de la tolerancia es la humildad, que nos inspira un profundo conocimiento de nuestra debilidad y nuestras limitaciones. Esta cualidad nos hace indulgentes con todo mundo, ya que nos recuerda constantemente, tal vez más que nadie, que necesitamos también de indulgencia. Luego, la tolerancia, nacida de estas cualidades, es más bien algo adquirido con la práctica, una disposición del ánimo para aprender poco a poco a sobrellevar las diferencias con los demás, hasta convertirse en nosotros en hábito.

Tolerar es, de alguna manera, sufrir. El Diccionario de Autoridades así lo afirma: sufrir, llevar con paciencia. Y en segunda acepción: permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente. Es decir, en ningún caso indiferencia.

Desde luego los escépticos y los instalados en la superficialidad, no tienen por qué ser intolerantes. Mal puede indignarse contra las doctrinas ajenas quien no tiene ninguna y, por tanto, en ninguna encuentra oposición.

Son intolerantes los que odian, frente a lo que sienten como un bofetón para su conducta. No toleran la virtud ni la verdad. Por otra parte, ya vimos que ni la virtud ni la verdad son objeto de tolerancia, propiamente hablando, porque no son males. Esta intolerancia es la peor, dice Balmes, porque no va acompañada de ningún principio ético que pueda enfrentarla. Es odio. Es una guerra contra sí mismo y contra el linaje humano —la injusticia perjudica, sobre todo, al que la comete, como afirmó Aristóteles—. Muchas veces la intolerancia opera con la complicidad de la mayoría de este linaje, que se ha vuelto bastante cobarde.

Hay ciudadanos, con principios éticos, que también son intolerantes. Los rígidos, los perfeccionistas y los individualistas. En estos casos, sólo se trata de que superen algunas limitaciones personales. Es un problema de educación de la libertad. Y, por supuesto, de respeto, de consideración, y hasta de amor. Y de saber hasta dónde puede llegar la tolerancia. Pues cabe suponer que, como todo lo humano, tiene límites.

En todo caso, bueno es dedicar algún tiempo a la consideración de algo tan relacionado con la ciudadanía. Porque mal se puede defender aquello cuyo significado se ignora.

José Antonio López Ortega Müller

Los adolescentes y los jóvenes tienen que aplicarse a sí mismos el conocido adagio «conócete a ti mismo», que se aplica a todos. Deben ser capaces de dar una respuesta atinada a las preguntas: ¿quién soy? y a lo que quieren de la vida y cómo les gustaría ser.

Eso se les dificulta ya que tienen que enfrentar cambios muy fuertes en poco tiempo. Y cuando se está cambiando y se ignora el sentido y el alcance del cambio mismo, no es fácil saber cómo se es.

Aun cuando conocieran teóricamente el significado de la adolescencia (12 a 18 años aproximadamente), les es difícil analizar de un modo objetivo y comprensivo lo que les está pasando, entre otras cosas porque se trata de algo nuevo que están estrenado. Al encontrarse «atrapados» en los cambios, se les dificulta el análisis de su propia realidad. Para que alguien pueda conocerse objetivamente, necesita distanciarse de sí, del mismo modo que para conocer un bosque, es preciso no estar inmerso en él.

A pesar de todo, el adolescente pretende actuar de forma autónoma, incluso exagerando, evitando a como dé lugar cualquier posible ayuda. La ingenua autosuficiencia queda en evidencia cuando se le presentan problemas nuevos mostrando su incapacidad para afrontarlos. Así, sus desaciertos y sus errores, realimentan su inseguridad.

Ocupado en proteger un «yo» débil con mecanismos de defensa muy variados (ensoñación, evasión, fabulación, rebeldía, etc.) apenas le queda tiempo y disposición para reflexionar acerca de cómo «es». Esto poco a poco disminuye al irse acercando a la «edad juvenil» (18 a
30 años, aproximadamente) en la que se va apreciando cierta maduración personal, aun cuando continúa teniendo un conocimiento parcial y poco objetivo de sí mismo.

El concepto de sí consiste en la imagen que cada uno tiene de sí mismo (autoimagen) y también de la valoración que de sí se hace (autoestima). Esto
con el tiempo va evolucionando en el proceso de maduración personal. Se incrementa en la medida en que se realizan actividades variadas en las que va desarrollando diferentes capacidades, como son: la disposición a aceptar la información que sobre sí mismo le proporcionan otras personas; el acudir a fuentes de información de calidad; la valentía para vencer el miedo a conocerse en algún aspecto de la personalidad; la reflexión sobre sí mismo; la sinceridad para interpretar fielmente los datos obtenidos. Todo esto se dificulta en la medida en que el ambiente masificado y ruidoso que predomina hoy en día, influye en él.

Es poco frecuente que elija una carrera que no le interesa realmente, sin embargo, en la medida en que se conozca más a sí mismo, y esté dispuesto a reflexionar de verdad, se le facilitará tomar una decisión acertada con su futuro profesional. Si, por el contrario, se dejara llevar sólo por sus gustos y
apetencias, con escasa participación de su inteligencia y de su voluntad, le será muy difícil acertar en ello y en las demás decisiones importantes de su vida.

Quien de veras quiere conocerse, debe estar dispuesto a descubrir sus aptitudes y sus habilidades; sus intereses y preferencias, su tipo de carácter y algunos criterios básicos que le permitan adoptar una conducta moral sana.

Convendría también tomar en cuenta los rasgos típicos que, sobre esta edad, proporciona la psicología evolutiva, los cuales, le permitirán valorar el grado de madurez personal que va alcanzando, comparándolo con la etapa anterior (adolescencia).

Hay una relación entre conocerse mejor y ser mejor. Un conocimiento profundo de sí mismo, de lo mejor de sí, poniendo los medios para encontrar el sentido a su vida y tratando de ser protagonista de su propia existencia, en una palabra, poniendo las bases adecuadas para engrandecerse como persona.

Mejorar como persona significa ser más coherente con lo que se es, estar a la altura de la dignidad que le es dada y que ha tratado de conquistar con su esfuerzo personal. Ello implica desarrollar o actualizar las virtualidades contenidas en el hombre, lo que equivale a crecer en función de valores verdaderos.

José Antonio López Ortega Müller

El afán de hacer más productivo el tiempo ha creado un problema de difícil solución: ¿qué hacer en el tiempo libre? En la actual sociedad supertecnificada, muchos seres humanos, caen en el activismo. Ocupan su tiempo sólo en actividades que les proporcionan algún beneficio medible, palpable, económico. Le conceden a la eficacia un valor supremo, convirtiéndola en fin en sí misma.

Alguien que sigue trabajando simplemente por inercia, por falta de imaginación, por evadir la realidad personal, o porque ha perdido el fin trascendente de su vida, será fácil presa del activismo. Este activismo ha opacado u ocultado el sentido y las posibilidades del ocio —que le ayuda a uno a encontrarse consigo mismo, para crecer por dentro—; muy distinto a la ociosidad —que causa vacío interior— y que es madre de todos los vicios.

No es fácil cambiar la mentalidad o actitud activista si está bien arraigada. Thibon dice que existe actualmente una «idolatría de la acción». Y señala uno de los peligros del activismo: «El hombre devorado por la fiebre de la acción no tiene las suficientes reservas interiores para gozar plenamente de los resultados de sus esfuerzos. El exceso del tener se compensa con la anemia del ser». De tal forma que si le preguntamos a alguien inmerso en el activismo ¿qué hacer con el tiempo libre?, responderá: seguir trabajando.

Hay muchas manifestaciones de activismo estimado como evasión, tan es así que no todo siguen trabajando en su tiempo libre (esto es más propio de adultos que de jóvenes). Existe un tipo de activismo propio de jóvenes y que consiste en el ansia irresistible de conseguir récords, de divertirse por divertirse, de viajar, etcétera, en el que la velocidad —tratando de huir de sí mismo hacia un mundo irreal— es un reflejo externo de vacío interior. Si manejan a gran velocidad experimentan cierto poderío, sienten por la desaparición de inhibiciones, una oscura y placentera dilatación de su personalidad, similar a la provocada por alguna droga. Borran así los límites que en un estado de verdadera conciencia serían incapaces de transgredir.

Actualmente algunos seres humanos quieren romper tanto las coordenadas del espacio como las del tiempo. «La rápida sucesión de momentos
—dice López Ibor— los funde en uno solo de dilatada intemporalidad. Se evade de la inercia del momento único, sosegado, del tic-tac rítmico del reloj que lanza, en cada una de sus pendulaciones, una oleada de tedio».

Se busca habitualmente la velocidad porque se tiene prisa. Pero no de la prisa por terminar algo empezado, sino de la prisa por la prisa, de la prisa «porque sí». La prisa, en este caso —continúa diciendo López Ibor—, «consiste en vivir la vida a un ritmo acelerado. No se busca nada, sino que se huye de algo. Se huye del instante presente que no gusta, que no satisface porque se siente hueco, vacío».

Los jóvenes han convertido el único placer nuevo de esta época —la velocidad— en su diversión y en su fuga preferidas. ¿Por qué? Porque no saben esperar. Lo quieren todo «aquí y ahora». No saben situar cada cosa en su tiempo. No soportan el aburrimiento de cada minuto vivido en presente. El ritmo acelerado de esta forma de vivir respecto al tiempo: «Acelerado, quebrado, saltón, como quien tiene necesidad de llenar un vacío que le angustia. La multiplicidad y estridencia de los planos sonoros son formas de escapar del silencio del instante reposado» (López Ibor).

Aun cuando la acción es necesaria, hay que cuidar que no desborde al ser humano, ocasionándole un agotamiento interior tal que lo convierta en esclavo de lo que hace, en activista. Para esto, conviene propiciar la armonía entre la acción y el crecimiento interior, aprovechando dos elementos complementarios: momentos de intimidad —reflexión, recogimiento— y la acción necesaria.

Hay que saber estar en silencio, crear espacios de soledad o, mejor, de encuentro reservado a una intimidad con el Creador, que es quien le da sentido a la existencia. Desgraciadamente, nuestra vida diaria, como hemos señalado, corre el riesgo o incluso experimenta casos, más o menos difundidos, de contaminación interior.

 


 José Antonio López Ortega Müller

 

Algo que favorece el perfeccionamiento personal en la edad juvenil, es la necesidad de la autorrealización, acompañada de la reflexión sobre las ideas y valores que orientan la vida. Para ello, debe darse una nueva forma de pensamiento, una nueva sensibilidad, centrada en la realidad interior y exterior de la persona, que la haga capaz de descubrir —con la ayuda del estudio— el enorme valor de la cultura.

Juan Pablo II en uno de sus discursos les decía a los jóvenes que: «el hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. La cultura es aquello a través de lo cual el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre, ‘es’ más, accede más al ‘ser’. La cultura se sitúa siempre en relación esencial y necesaria a lo que el hombre es, mientras que la relación a lo que el hombre tiene, a su ‘tener’ no sólo es secundaria, sino totalmente relativa».

Por ello, la orientación educativa de los jóvenes en la familia y en la escuela debería, por la escasez del sentido cultural existente, impulsarles a ser personas cultas, ayudándoles así a recuperar sustancialmente el sentido de la vida.

Esta crisis cultural se debe, en parte, a la influencia de un modelo de educación convencional, «estándar», que combina la enseñanza científico-tecnológica con el subjetivismo cultural, mostrando —a los jóvenes— como único cauce para la integración y éxito social, la producción y el consumo.

Esto se origina, según Alejandro Llano, en el hecho de «aceptar, sin más, los presupuestos positivistas y pragmatistas que están en la base del economicismo. A saber: que lo serio, lo objetivo, lo eficaz, es el conocimiento que proporcionan las ciencias positivas y las técnicas industriales que de ellas se derivan. La cultura, en cambio, es el reino de la arbitrariedad, de las preferencias subjetivas, del pluralismo lúdico, en el que no hay posibilidad de alcanzar un auténtico conocimiento (…). Las asignaturas humanísticas han sido relegadas a factores decorativos».

Una forma de evitar que los jóvenes sean víctimas fáciles de esas influencias negativas, es despertar en ellos el interés por la verdadera cultura, promoviéndoles situaciones de «crecimiento interior».

Un medio adecuado sería el estudio, siempre y cuando no se le reduzca, como dice Gerardo Castillo, a la suma de conocimientos adquiridos de forma memorística y con la única finalidad de aprobar asignaturas. Debe tratarse de una actividad reflexiva, pensando sobre algo que se intenta aprender, interesándose más en la adquisición del saber, que en los resultados, aplicando las facultades mentales para llegar a verdades sabidas, y no simplemente a verdades conocidas, así como también, conquistando verdades no evidentes con esfuerzo personal.

Esto abre horizontes siempre nuevos sobre la amplitud del saber humano en sus múltiples manifestaciones: filosóficas, históricas, técnicas, artísticas, etc. Y conlleva la participación de la voluntad, ya que exige disciplina, método, fatiga. Se requiere de una voluntad buena, orientada al bien del hombre, y relacionándola con la responsabilidad y el servicio. Para poder encontrar la verdad hay que amarla, y el amor, es un acto de la voluntad.

Es necesario entender al estudio también en sentido moral, porque favorece el desarrollo de las virtudes. Por ejemplo: el orden, la laboriosidad, la reciedumbre, la fortaleza, la constancia, la perseverancia, la responsabilidad.

Mediante el estudio se puede llegar a un «autoconocimiento» que impulse, al mismo tiempo, a un «proceso de educación personal», de manera permanente. A esto hay que agregarle el conocido fenómeno del envejecimiento prematuro de los saberes, consecuencia del cambio continuo, que obliga a poner en juego la capacidad para aprender en cualquier momento cosas nuevas.

Es fundamental que los jóvenes de hoy se dispongan a ejercitar la voluntad, que se apoyen y se sirvan de la lectura; que desarrollen la capacidad crítica; que usen de manera adecuada algunas técnicas de trabajo intelectual; que traten de encontrar en cada momento la información necesaria y que hagan un uso adecuado de ella.

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